Se miran a los ojos y no saben bien que decirse. Uno de esos momentos que inevitablemente te llevan al silencio. Estar allí, hacer acto de presencia, querer decir tantas cosas sin conseguirlo. De modo que todo se arregla con una simple palmada en el hombro, con un abrazo sentido, una frase que se hace extraña, pero no has sido capaz de encontrar otra. Y te parece la mejor, la más verdadera, la más sincera. Y no lo es. O a lo mejor también lo es. Quien sabe. Tienes un nudo en la garganta. Si dices algo más sabes que te echarías a llorar. Tienes los ojos brillantes. Y te das cuenta de que otros son más fuertes que tú. Y no lloran. Parecen serenos como si no hubiera pasado nada. Consiguen llevar bien su dolor. O quizás, piensas, no les importa una mierda lo que pasa. O que les importa, pero se ocultan tras ese disfraz de fuerza y poder.
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